La torre campanario de la Catedral de Ávila

Desde el pasado mes de agosto, la Catedral de Ávila cuenta con un nuevo atractivo para sus visitantes: el ascenso a su torre campanario y la visita a los diferentes espacios que atesora, poniéndose al alcance de todos, la posibilidad de descubrir algunos de sus secretos mejor guardados. La visita se realiza en grupos reducidos, acompañados de personal de la catedral que ameniza la visita y comenta detalles curiosos en las diferentes paradas que se realizan durante el ascenso, y que por sí solos, ya justifican la visita. Sin duda, traspasar la puerta de entrada supone un viaje en el tiempo, que nos traslada a otras épocas, y nos permite descubrir parte de las entrañas y de la historia de la catedral. Ya durante el ascenso por la escalera de caracol, una mirada atenta a los muros nos permitirá contemplar diversas “marcas de cantero” que, a modo de firma, justificaban el trabajo de cada uno de los maestros, permitiéndoles cobrar un salario por ello.

Desde un pasadizo ubicado sobre la puerta de acceso, podemos tener unas vistas privilegiadas del interior del templo, y contemplar la nave central, bóvedas y vidrieras desde otra perspectiva. Desde aquí, también podemos admirar de cerca el “papamoscas” de la catedral. Una obra de la segunda mitad del siglo XVIII, consistente en dos bellos ángeles autómatas que puntuales marcan las horas. Y otro de esos espacios que también sorprende es bajocubierta, que nos permite descubrir gran parte del sistema constructivo del templo. Un lugar extraordinario donde veremos la armadura de madera que sirve para sostener el tejado, y podremos hasta “pisar” las bóvedas góticas que cubren el templo, cuyo aspecto seguramente no es el que imaginamos, pues no tienen adornos ni filigranas. Sin duda, otro de esos lugares ideados para estar ocultos, y que son auténticas joyas.

En el cuerpo principal de la torre sur, la que esta inacabada, encontramos uno de los espacios más destacados. Aquí, la visita que nos permite invadir la intimidad de un espacio pequeño y humilde, que ha acogido diversas familias de campaneros desde el siglo XVI hasta mediados del pasado siglo. Recreada con mobiliario y utensilios de la época, descubrimos una casa de estilo castellano tal y como pudieron haberla dejado sus ultimo inquilinos, en la que parece que el tiempo se hubiera detenido. Las diferentes estancias dan muestra de una vida bastante cotidiana pese a lo insólito del lugar. Paseando por las diferentes estancias, podemos intentar imaginar la dureza de una vida separada por 113 escalones de la vida urbana y el gentío. Por eso, ciertos detalles nos hablan de un ingenio que hubo de ser agudizado para evitar esfuerzos innecesarios y asegurar ciertas comodidades a los moradores de este espacio. Por ejemplo, evitaban transitar por la escalera de caracol a diario, con una solución tan sencilla como una polea, por la que subir y bajar todo lo necesario, aprovechando seguramente los momentos de cierre o poca afluencia en la catedral. Asimismo, la ubicación de la casa, también convierte en algo normal el hecho de contar con un espacio en las alturas para realizar la cría de cerdos y la posterior matanza. Otro de esos detalles curiosos e ingeniosos, existente también en otras catedrales, permitía la comunicación con el piso superior desde la calle. El “timbre”, que aun funciona, tiene un mecanismo bien sencillo: bastaba con golpear con una piedra en una oquedad visible en el exterior, en la base de la torre, para que el campanero se pusiera en alerta…

La llegada al campanario propiamente dicho, resulta emocionante. Situado en la torre norte, era el lugar de trabajo del campanero. La estancia alberga hasta 10 campanas, y también el mecanismo del reloj. Sin duda, aquí los campaneros han pasado muchas horas, amenizando quizá el tiempo de espera entre toque y toque con juegos, tal y como muestra el “alquerque” grabado en el suelo, que se parece mucho al juego del 3 en raya actual ¿verdad?

Ambos son sin duda, dos espacios en los que parece haberse detenido el tiempo. Nos habla de un legado recuperado y son también un pequeño homenaje al oficio de campanero, profesión casi imprescindible en otras épocas y que ahora corre riesgo de desaparecer (junto a otras como las de: sereno, afilador, pregonero, barbero…). Pese a la presunta sencillez de su labor, la especialización del trabajo era necesaria, y el oficio pasaba frecuentemente de padres a hijos. El trabajo exigía total disponibilidad, cada toque tenía su significado, y estos debían ser realizados a diario, y varias veces al día. Y es que el tañer de las campanas, accionadas hoy por elementos mecánicos que no requieren de esfuerzo humano alguno que las toque, voltee o las haga repicar, antaño marcaba el ritmo de la vida…

Finalmente, y como culmen del ascenso, llegamos a lo más alto de la torre sur, rematada en ladrillo, ya que nunca llegó a albergar el cuerpo de campanas. Como recompensa al esfuerzo, podremos gozar de unas vistas espectaculares de la ciudad de Ávila, y una mirada privilegiada de los monumentos emblemáticos de la ciudad, así como de diversos elementos constructivos que nos dan una visión distinta de la considerada primera catedral gótica de España. ¡DISFRUTA DE UNA EXPERIENCIA ÚNICA, NO DEJES QUE TE LO CUENTEN!

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